Sabores: primera parte

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Sabores

Amargo y súbito sabor a café

Primera Parte

 

 

 

“Quiero renovar no solo mi cuarto sino la casa entera. Quiero cambiar todos los colores, desde el patio al jardín. Quiero diseñar eso, y construir un edificio profesionalmente.”

 

Morimoto Ryutaro, revista Wink Up.

 

 

 

 

Desde que tenía dieciocho años, Ryutaro ha vivido en Seúl.

 

Junto con su familia, en un ambiente cálido, que siempre lo ha rodeado, una vida pacífica sin llamar demasiado la atención. Siempre fue el estudiante modelo, excelente conducta, perfectas calificaciones.

 

Ryutaro nunca hizo gala de ello, pero desde siempre se sintió orgulloso por eso, aunque le costó un poco aprender el idioma, que resultó más complicado de lo esperado. Pero desde el accidente, sus padres siempre se han esforzado por darle una vida cómoda.

 

Y ahora, a sus veinticinco años. Su vida es lo que esperaba.

 

Arquitecto, graduado con honores, y al fin con un proyecto propio. Lo único malo es que ha tenido que ir a realizarlo a Japón, y Ryutaro hace muchos años que no pisa su país natal y de cierta forma se siente incómodo.

 

Cuando se ha bajado del avión, apenas ha tenido tiempo para salir del aeropuerto y agarrar el primer taxi que lo llevara al edificio con el que la compañía para la que trabaja, ha cerrado una sociedad y él es el representante de la empresa coreana, aunque suene un poco irónico al ser japonés.

 

Pero Ryutaro se siente más coreano que japonés, así que mucho no le ha importado.

 

El imponente edificio de matices negros y plateados se impone ante los demás, con elegancia y prestigio. Ryutaro se asombra con la majestuosidad del enorme edificio, por que aquel arquitecto debió tener una visión estratosférica que en su momento no debió haber tenido muchos adeptos.

 

Pagó la carrera con los pocos billetes que había cambiado antes de viajar, recordando que tenía que pasar por algún banco para seguir cambiando el dinero, ahora que prácticamente viviría en Tokio siquiera un par de años mientras concluía el proyecto.

 

Su traje elegante y costoso, combina a la perfección con el resto de empleados. Que lo miran pasar, como si de repente dudaran entre conocerlo o no. ¿Tanto ha precedido su fama como arquitecto? De cierta forma le parece extraño. Pero decide caminar hasta el ascensor y subir los pisos que necesita para reunirse con los ejecutivos japoneses que lo esperan.

 

 

 

—¿Estás seguro de esto?

 

Yamada aún mira a Chinen con algo de duda, como si el muchacho en realidad pudiera captar el tono preocupado en su voz, aunque sabe en el fondo, que a si se percatara, Chinen de todas formas lo ignoraría.

 

—En realidad, no. Pero estoy cansado de esperar. Y he decidió que arreglaré esa cabeza suya a como de lugar.

—Te estás arriesgando mucho con esto Yuri, recuerda que eres un personaje público.

 

Desde uno de los sillones, recostado en él. Takaki únicamente muerde el caramelo en sus manos, observando a los dos más jóvenes que se encuentran discutiendo frente a él.

 

—No insistan, saben que de todas formas lo haré.

—Han pasado muchos años, ¿por qué crees que este tonto plan va a funcionar?

—Por que es mi última oportunidad… Yo… De verdad lo extraño.

 

Ryosuke suspira. De alguna manera su empatía despierta y decide que ya que Yuri no se va a echar para atrás. No le queda de otra que apoyarlo, aunque la idea sea media estúpida e infantil.

 

Pero cuando Chinen le refutó que si tenía un mejor que se lo dijera, y por obvias razones él calló. Pues ahora en realidad no le quedaba de otra más que precisamente, apoyarlo.

 

—Solo promete que no descuidarás el trabajo, mañana tienes la filmación de esa nueva serie, y hoy en la tarde es la sesión de fotos.

—Tranquilo, Ryo. Prometo que nada saldrá mal.

 

Yuya dejó escapar una pequeña risa, tratando de calmarla de inmediato, especialmente cuando sintió la mirada de los otros dos sobre sí.

 

—Yo prometo ayudar no quejándome demasiado.

 

Chinen rodó los ojos, quisiera creerle. Pero sabía que para Takaki, aquella promesa era difícil de cumplir.

 

 

 

 

—Y este será el departamento que nuestra empresa ha dispuesto para los diseñadores y arquitectos extranjeros.

—¿Arquitectos?

 

La voz de Morimoto sonó evidentemente seca, y la mujer rápidamente revisó la carpeta en sus manos, soltando una pequeña risa tonta cuando vio el nombre de aquel hombre solitario en la lista de arquitectos a la cabeza del proyecto.

 

—Oh, mis disculpas. Usted será el encargado de todo. Pero en general, varios ingenieros civiles, diseñadores y otros colaboradores que trabajaran con usted en la nueva obra del centro comercial. Estarán hospedados aquí, es una zona exclusiva de vivienda temporal, tiene todas las comodidades necesarias.

 

Ryutaro asintió, no muy entretenido con la idea de revisar el departamento que le habían asignado. Y si, era grande, elegante y con varios lujos quizá innecesarios, pero no se quejaba.

 

—¿Desea algo más?

—¿Cuándo llegaran mis pertenencias?

 

La mujer revisó velozmente algo en la palm en sus manos.

 

—Su equipaje estará aquí, aproximadamente a las cuatro de la tarde, lo correspondiente a las cosas pesadas, y su auto llegaran el día de mañana a las dos de la tarde.

—De acuerdo, muchas gracias.

 

La mujer asintió, despidiéndose con una educada venia antes de dejarlo completamente solo en el inmenso departamento. Caminó hasta el balcón y el aire fresco de la tarde llegó a su rostro.

 

Sentía, como si fuera la primera vez que pisaba Japón.

 

Y una aprensión en el pecho, le trajo borrosos recuerdos inexistentes para él.

 

 

 

El primer día de trabajo. Ryutaro llegó en taxi otra vez.

 

Durante la reunión del día anterior, Morimoto había comprendido entre varias cosas, que no le molestaba en absoluto la forma de trabajar de aquella empresa, después de todo, la puntualidad, y la eficacia era algo a lo que personalmente estaba acostumbrado.

 

En la entrada un muchacho de unos veinte años lo recibió, con un saludo efusivo, y una sonrisa grande en los labios. Oh, Ryutaro no era precisamente adepto a las sonrisas, pero había aprendido a bloquear esa parte algo insociable de su ser.

 

—Buen día señor Ryutaro. Yo soy Akira, y seré su asistente durante el tiempo que dure el proyecto, un gusto conocerlo.

—Igualmente, ¿sabes dónde mi oficina?

 

Si el muchacho esperaba que le respondiera con una sonrisa, estaba muy equivocado. O eso es lo que pensó cuando vio la emoción del menor decaer un poco ante su parca respuesta.

 

—Claro, está en el décimo piso. Sígame por favor.

 

Justo en ese momento, camino al ascensor Ryutaro sintió una pequeña punzada en la cabeza.  Por supuesto, no había desayunado. Esa maldita mala costumbre suya. Tenía que cambiarla.

 

—¿Le sucede algo señor?

—¿Sabes en que piso está la cafetería? Necesito un poco de café.

 

—Oh, no se preocupe. ¡Yo le traeré uno! Suba hasta el piso diez y le pregunta a la recepcionista por su oficina.

 

Y con el entusiasmo renovado el muchacho salió del ascensor antes de que las puertas se cerraran. Ryutaro apenas estiró la mano cuando ya el muchacho corría hacía alguna parte, ¿cómo iba a traerle un café si ni siquiera le había preguntado como le gustaba?

 

Oh, demonios… Ya hasta sentía que ese asistente le iba a traer más dolores de cabeza que soluciones.

 

Y singularmente, toda esa efusividad le recordaba a alguien.

 

Solo que no estaba muy seguro de a quien.

 

 

 

Acomodado en su oficina, revisando un par de planes. Ryutaro se entretuvo unos largos minutos antes de que un par de golpes en la puerta llamaran su atención.

 

—Adelante.

—Siento la demora, pero la señora de la cafetería ya no tenía café y tuve que salir a comprar un poco.

 

Ryutaro prefirió no hacer ningún gesto en particular, especialmente cuando el aroma del café llegó hasta sus fosas nasales, imprescindible y demasiado agradable para su propio gusto.

 

—No tenías que tomarte tantas molestias.

—Es mi trabajo, además lo compré en un pequeño puesto que han puesto cerca de aquí, frente a la salida del estacionamiento.

 

El muchacho, que Ryutaro ya no recordaba el nombre parloteó algo que tampoco escuchó, solo miró el pequeño vaso que despedía un humo con aroma fabuloso, bebió el café y fue exquisito. Sus papilas gustativas disfrutaron de un café que lo hizo sentir un regocijo que hasta ahora no había percibido.

 

Por un momento Ryutaro se preguntó, si aquel sabor del café le provocaba un déjavù desconocido para él. Pero cuando terminó de beberlo, descubrió sorprendido que su asistente seguía hablando.

 

—…Y lo atienden dos chicos muy jóvenes, aunque se me hicieron algo conocidos, pero no sé de donde. Se ve que será un puesto exitoso no sé como nadie no había visto que era un excelente lugar para poner una carretilla de desayuno rápido.

 

Morimoto estuvo a punto de soltar un ‘Que interesante historia, ¿no tienes trabajo acumulado por hacer?’ repleto de un sarcasmo digno de su experiencia, pero estaba de tan buen humor debido a ese delicioso café, que optó por sentarse y asentir cuidadosamente.

 

Tal y como Shintaro se lo había aconsejado antes de viajar a Japón, solo para no ganarse enemigos en la empresa, al menos no tan pronto.

 

 

 

 

Al siguiente día, llevado por la curiosidad y por que afortunadamente ya tenía a su auto en su poder otra vez. Ryutaro estacionó el auto y decidió salir por la parte externa en vez de entrar por el interno del estacionamiento directo al edificio.

 

Tal y como Akira se lo había dicho, por que sí, ahora si recordaba su nombre.

 

Había un par de personas, esperando por su bebida, y el olor a tostadas recién preparadas le abrió el apetito, aunque curiosamente, nunca había sentido la necesidad de desayunar como justo ahora.

 

—Buen día, ¿qué desea desayunar?

 

Uno de los muchachos, el castaño par ser exactos le sonrió amablemente, o al menos eso supuso, por que ambos llevaban una gorra que tapaba probablemente demasiado en su rostro. Y un abrigo de cuello alto, como si planearan pasar desapercibidos.

 

Pero Ryutaro decidió no prestarle mucha atención a aquello, por que otra duda llenó su mente, ¿cómo era el café que Akira le había llevado el día anterior?

 

—¿Señor?

—Eh, deme el mejor café que tengan.

—Claro de inmediato.

 

El muchacho se movió rápidamente dentro de la pequeña carretilla mientras su amigo servía un jugo de frutas dentro de un colorido vaso. Suponer que esas eran las palabras que Akira pudiera haber utilizado no fue difícil.

 

Por que complacer a tu jefe en el primer día, era el primer paso de cualquier empleado. Así que decidió guiarse por su instinto.

 

—¡Chinen! Buenos días.

 

El otro muchacho saludó efusivamente a un muchacho de cabellos oscuros que acababa de pararse junto a él. Pero Ryutaro no le prestó mucha atención, por que ya estaba embelesado con el aroma del café que le estaban preparando.

 

—Buen día, Yuto, Keito.

—¿Lo mismo de siempre?

—Si, por favor.

 

El que al parecer se llamaba Keito se acercó hasta él, con el delicioso café en sus manos, y Ryutaro no quería contar los segundos hasta volver a probar. Como si de pronto se tratara de una droga para sus sentidos.

 

—Listo, ¿algo más?

—No, solo eso. ¿Cuánto es?

 

Pronto estuvo esperando nada más por el vuelto del billete que le había extendido al muchacho castaño. Y sintió entonces la penetrante mirada del muchacho de cabello oscuro a su lado, y Ryutaro sintió que la emoción por su café disminuía.

 

—¿Sucede algo?

 

El muchacho solo elevó una ceja, y regresó la mirada a su celular. Por la paz, Ryutaro optó no acotar algo más.

 

—Su vuelto, muchas gracias por comprar aquí.

 

Asintió tranquilo y volvió a aspirar el aroma del café, con tanta calidez familiar que provocó que la sonrisa en sus labios resurgiera, y que al entrar al edificio, todos le correspondieran con una sonrisa igual de amable.

 

Morimoto Ryutaro acababa de descubrir que el sabor de ese café obraba milagros en él, por que lo ponía de un excelente humor.

 

 

 

 

Para el fin de semana laborable, se había vuelto una costumbre.

 

Ryutaro se levantaba unos diez minutos antes, por cualquier contrariedad de encontrar mucha gente en el puesto, compraba su adictivo café con sabor a déjavù, se encontraba con el tipo desagradable que lo miraba demasiado para su gusto, pagaba por el café y luego entraba a su trabajo.

 

Cuando le tocaba, casi la mayoría del tiempo estar supervisando la obra en campo real, Ryutaro solo anhelaba poder regresar a la oficina y comprar otra tasa con café que le calmara el estrés que le provocaba que no todos entendieran sus planos como debía ser.

 

Pero siempre ese sabor amargo y cálido lo calmaba.

 

—Muy buen día, Ryutaro. ¿Lo de siempre?

 

Había una duda, que se venía planteando cuando ya surcaba la tercera semana visitando aquel discreto puesto. Tanto Keito como Yuto habían tomado una confianza con él, que le sorprendía por que usualmente él no brindaba su confianza a nadie.

 

Pero ellos eran lo que preparaban su reciente vicio, y pues él cordialmente había cedido a esa confianza. Y le agradaba la ventaja de tan solo asentir o responder con un si, en vez de pedir cada mañana un café.

 

—Ryutaro dame un minuto extra, algo pasó con la maquina, ¿puedes esperar?

 

Morimoto contempló la hora en su reloj y calculó el tiempo en que su asistente empezaría con la llamadera por que no llegaba.

 

—Si, pero no demores mucho, por favor.

—Oh, no te preocupes. Si demora demasiado te lo voy a llevar hasta la oficina.

 

Yuto levantó uno de sus pulgares con una sonrisa en los labios. Y ahí estaba nuevamente ese sentimiento de déjavù apoderándose de su ser. Desde que había pisado Japón le ocurría recurrentemente.

 

Pero suponía que en su estado, eso sería algo normal.

 

—Tu jugo de frutas Yuri.

 

Keito extendió el vaso colorido hacía ese muchacho que como cada mañana, se paraba a su lado, cuando Yuri destapó su bebida el olor dulzón que llegó hasta él lo hizo arrugar un poco la nariz.

 

A Ryutaro no le gustaban las cosas dulces desde hace mucho.

 

—¡Oye! ¿Por qué me has mirado de esa forma?

 

Y si bien a Ryutaro algo interiormente le dijo que no respondiera, sus labios se movieron solos, y su boca pronunció aquellas palabras sin reparo, casi sin despegar la mirada del muchacho junto a él.

 

—Por que los tipos como tú me desagradan.

 

El silencio que hubo en ese momento fue claro, por que incluso Yuto y Keito se detuvieron en sus labores cuando escucharon la pasmosa voz del recién aparecido y Yuri apretó con fuerza el celular en sus manos.

 

—Eh… Ryutaro, aquí está tú café.

 

Morimoto giró, observando como Keito le ofrecía en una pequeña bolsa de papel su pedido. Y estaba dispuesto a marcharse, como si nada hubiera pasado, cuando Yuri arrugó el entrecejo, muy molesto en realidad.

 

—Eres un mocoso desagradable y mal educado.

 

Si estaba dispuesto a irse, luego de las palabras de Chinen eso no ocurrió, por que Ryutaro giró para poder mirar al muchacho, a pesar de que había un par de empleados a su alrededor.

 

—¿Mocoso? ¿Es que no te has dado cuenta que soy más alto que tú?

—Eso no te quita lo desagradable y mal educado.

 

El momento de tensión duró, exactamente un par de minutos.

 

En los que Yuto se vio forzado a intervenir, tapando un poco su boca y tosiendo discretamente, intentando no mirarlos demasiado.

 

Ryutaro decidió recordar que no era ningún niño para estarse peleando a palabras con un desconocido, y ajustó un poco el traje a su cuerpo, pasando de largo, directo al edificio donde trabajaba.

 

Su café matutino lo calmaría.

 

 

 

 

Akira en el poco tiempo que venía conociendo a Ryutaro, había podido descubrir varias cosas interesantes en él, como que era una persona tranquila, sumido en el trabajo y que no ocasionaba problemas.

 

Pero al mismo tiempo no se trataba de una persona distraída.

 

Y casualmente el día de hoy su jefe se encontraba pensativo, aunque visiblemente molesto también. El valor de Akira no era tanto como para atreverse a preguntar, pero cuando Ryutaro le pidió que se sentara frente a él, sus alertas se despertaron.

 

—Akira… A la gente estúpida, la puedes detectar desde que los conoces. ¿Verdad?

 

Akira un poco curioso de cómo contestar, levantó la mirada, dejando los papeles en sus manos por un momento ante la aventurera pregunta por parte del mayor. Y por supuesto pensando que en realidad algo interesante había sucedido.

 

—¿A que se refiere?

—Es solo que me han llamado desagradable y mal educado. Y solo la gente estúpida puede mentir con cosas tan poco realistas. ¿Cierto?

 

Akira sonrió levemente, casi sin pretenderlo, jugando con el bolígrafo en sus manos.

 

—¿Y?

—¿Y, que?

 

—¿Y cuando le mintió?

 

Ryutaro entrecerró los ojos, y luego agarrando su celular, se lo lanzó por la cabeza al menor quien lo tomó en un hábil movimiento y se dedicó a reír abiertamente, mostrándole que solo era una gran estupidez.

 

Y ahí estaba algo que lo venía mortificando, ¿cómo es que ese muchacho le había tomado también tanta confianza? Ryutaro bufó algo contrariado y debió la mirada por que de una manera a otra, entendió que si, todo lo relacionado con aquel sujeto era solo una gran estupidez.

 

Fin Primera Parte

 

 

 

 

Bueno, espero que haya sido de su agrado.

 

Amalia, tu sabes que no estoy muy familiarizada con los fics, de este fandom, pero ahí estoy, dando lo mejor que puedo.

 

Particularmente, me gusta como va a terminar la historia. Bueno, eso ya lo verán más adelante. Se cuidan, bye~

 

 

 

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Un comentario sobre “Sabores: primera parte

    AmiS (@4m1S) escribió:
    22 septiembre, 2011 en 10:40

    FELISHHH!!! *_____*
    ME ENCANTO! CHIITAROO!!!

    Me gusta

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