Entre el cielo y la tierra: capitulo 5

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Entre el Cielo y la Tierra

Gotas de vida en pequeñas cantidades

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Temprano en la mañana, Yoohee terminó de cocinar.

 

El desayuno correctamente preparado, distribuido entre los cinco integrantes de la familia, que poco a poco empezaban a llenar la mesa, entre la voz animada de Junsu, la tranquila de Yunho y los reniegos del pequeño Changmin por que lo molestaban demasiado. Yoohee se preparó para otro día más.

 

Cuando Seungho se les unió, terminando de arreglar la corbata en su cuello. Ella no pudo evitar sonreír, con el dulce beso de su esposo en los labios, mientras la sostenía por la cintura en un gesto casi imperceptible.

 

—¿Te ayudo?

—Si, lleva el café a la mesa.

—De acuerdo.

 

Sin molestia alguna, Seungho se encargó de empezar a colocar las tazas con café caliente sobre la mesa, justo en los lugares donde Junsu molestaba a Changmin, y él le sacaba la lengua, por supuesto con Yunho de por medio con los brazos estirados pidiéndoles que ya dejaran de pelear por que lo aburrían.

 

—¿Cómo es posible que este mocoso de Changmin, con seis años se atreva a hablarme así? ¡Yunho dile algo!

—Pues seré muy mocoso, pero sin duda tengo más cerebro que tú con doce añotes encima.

 

Yunho suspiró, rodando los ojos. Y tratando de cambiarse de lugar, hasta que claro entre los dos muchachos a su lado, lo agarraron del brazo, haciéndolo sentarse una vez más.

 

—¡Dile que tengo la razón! ¡Que estas de mi lado!

 

Cuando las voces de Changmin y Junsu sonaron al unísono. Yunho tuvo que cerrar los ojos y volver a suspirar.

 

—Niños ya dejen a Yunho en paz. Aprendan a dejarlo fuera de sus peleas.

 

Seungho habló oportunamente, logrando que tanto Junsu como Changmin soltaran al mayor quien solo vio con una pequeña sonrisa de agradecimiento a su padre, y por supuesto el mayor asintió tranquilo.

 

Yoohee desde su lugar terminando de hacer los huevos revueltos escuchaba la pequeña pelea, con una sonrisa en el rostro. Pensando en que ese día tenía que darse una vuelta por el hospital por todo aquello de volver a trabajar.

 

Sin embargo ese malestar que la acosaba día a día volvió. Siempre empezaba igual con un mareo repentino. Y luego unas punzadas en la cabeza que terminaban por convertirse en un dolor de cabeza en intenso, haciéndola pensar a veces que podría tratarse de migraña.

 

—Amor, ¿te pasa algo?

 

La voz de Seungho se escuchó algo lejana, ella solo pudo apoyarse en el mesón, sostenerse con fuerza y cerrar los ojos, para cuando pudo volver un poco más a la realidad, Seungho la sostenía por la cintura otra vez.

 

—¿Mamá?

 

Luego fue la voz de Junsu, un poco preocupado también. Para cuando abrió los ojos sus tres hijos la tenían rodeada, todos con esas miradas repletas de preocupación y miedo.

 

—Tranquilos niños, solo me maree un poco.

 

Yunho no pareció muy convencido, pero por supuesto Seungho logró que todos volvieran a la mesa, él encargándose de lo poco que faltaba para que el desayuno estuviera listo. Yoohee solo pasó una mano por su rostro. Tratando de fingir que todo estaba bien, con una sonrisa que convenciera a los tres menores.

 

Odiaba esas recaídas extrañas.

 

Pero odiaba más que nada, que empezaran a ser tan seguidas.

 

 

 

 

Yoochun miraba de un lado a otro, concentrado en poder ver a Jaejoong cuanto antes mejor, pero él no aparecía, y pronto tenían que entrar en clases. Luego que ambos hubieran descubierto que podían volar, que la emoción los embargara, habían olvidado hablar de lo más importante.

 

—¡Yoochun!

 

La voz emocionada de Jaejoong lo hizo girar.

 

—Hasta que llegas, se me olvido decirte algo ayer.

—¿El que?

—Nadie, puede saber que ya sabemos volar.

 

Jaejoong arrugó el entrecejo, con la mirada un poco perdida.

 

—¿Por qué no?

—Debe ser un secreto Jaejoong, al menos hasta que descubramos como encontrar a Yunho. Si los adultos lo saben, nos vigilaran más. Y no podemos darnos ese lujo.

 

Aunque tardó un par de minutos, Jaejoong asintió, teniendo que darle la razón a Yoochun quien lucía muy serio esa mañana. Y sin embargo Jaejoong seguía repleto de esa emoción que lo embargaba al saber que estaba un paso más cerca de Yunho.

 

—¿Secreto?

—Secreto.

 

Apresó la mano que Yoochun le ofrecía y sonrió un poco más. Depositando su confianza en él, después de todo, era él quien lo había guiado hasta el punto de poder volar antes de lo previsto, Jaejoong confiaba ciegamente en Yoochun.

 

Confiaba ciegamente en poder encontrar a Yunho. Como fuera.

 

 

 

 

Seungho vio el perfil de su esposa.

 

Ella apretando sus manos con un poco de desesperación, con la expresión alicaída y la mirada perdida en la alfombra de la habitación. Asustada más que todo. Con sus cejas juntas y una expresión cansada que no se había tomado la molestia de mostrar antes.

 

Con movimientos lentos, colocó sus manos sobre las de ella, y esos ojos lo observaron, tratando de comunicarse sin palabras, transmitiendo su confusión y angustia interna. En el silencio de su habitación, con los niños en el instituto, Yoohee se vio capaz de soltar sus lágrimas.

 

—Tengo miedo Seungho… no sé que me está pasando. Pero no es nada bueno. Lo siento. Sé que no es así.

—Tienes que calmarte, Yoohee. Descansar un poco más.

 

Esas manos grandes pronto entraron en contacto con la piel de ella, esa piel suave, que ahora lucía incluso un poco más pálida de lo habitual. Seungho observó con aprensión que Yoohee estaba un poco más delgada, y que su ropa empezaba a quedarle grande.

 

—Estoy asustada… de que sea algo grave.

—Debemos ir al doctor, necesitas que te revisen.

 

Yoohee asintió, con esas lágrimas corriendo por su rostro. Oprimiendo el corazón de Seungho, con un vacío en el estómago que le impedía mostrarse tan o más asustado que su esposa. Solo por que ella debía apoyarse en él.

 

Él sabía, que ella no podía tener algo malo, no era posible. No podía. Por que Yoohee se cuidaba, era una mujer sana. Tenían una familia, una hermosa familia. Su Yoohee, su esposa no podía estar enferma.

 

Los brazos delicados de Yoohee se cerraron alrededor de su cuerpo. Y pronto escuchó un sollozo cerca de su oído, Seungho cerró los ojos, apretando con fuerza a la mujer que hace años había robado su corazón y ahora lloraba contra su pecho, entre un temblor leve.

 

Él cerró los ojos, rezando en silencio. Como hace mucho no lo hacía.

 

 

 

 

—¡Changmin ve por el balón!

—¡Si!

 

Con sus piernitas corriendo a todo lo que daba, Changmin avanzó entre el césped de aquel patio, directo hacía el balón con el que jugaban durante la hora de gimnasia. El balón, que no se había alejado demasiado estaba justo contra las rejas que limitaban el lugar de la calle.

 

Una vez que lo tuvo entre sus manos, su cabello se pegó a la frente. Y sus ojos viajaron directamente hacía aquellos dos hombres que caminaban precisamente frente a él, envueltos en unos trajes negros y se paseaban entre la gente, como si nadie más los pudiera ver.

 

Aquel hombre, el más alto, el que tenía una pequeña melena era el mismo que había visto hace unos días desde su salón. Aquel que su maestra había dicho no ver. Caminó descuidadamente hacía ellos, como llevado por imán extraño por ese adulto que se le hacía tan conocido, como si lo hubiera visto desde mucho antes.

 

—Changmin, ¿qué haces? Todos esperan por el balón.

 

Uno de sus compañeros llegó hasta él, un poco agitado por estar corriendo, y él pareció salir de su letargo. Con una sonrisa nerviosa en los labios.

 

—Oh, si. Lo siento.

 

Estiró el balón, y Sungmin lo miró extrañado. –Seguro, ¿qué estás bien?

—Si, no te preocupes.

 

El menor empezaba a alejarse, cuando Changmin regresó la mirada hacía aquellos dos adultos que se habían detenido a hablar unos metros lejos de él.

 

—Sungmin, espera.

—Dime…

 

—¿Ves a esos dos adultos vestidos de negro?

—¿Dónde?

 

Y Sungmin movió su cabeza de un lado a otro, como si en realidad no pudiera verlos. Cuando estaban apenas a una distancia considerable. Changmin volvió a mirarlos, pero ellos estaban ahí. Justo frente a ellos, un poco más lejos apenas. Discutiendo como si no se percataran de su presencia.

 

—Nada, creo que ya se fueron. Ve a jugar, yo ya voy.

—Pero se supone que…

—Ve Sungmin…

 

El otro muchacho hizo un puchero, con el balón en manos y corriendo hacía sus compañeros, Changmin sin embargo se quedó un rato más. Observando al más bajo señalar al de melena mientras afianzaba sus palabras, por alguna razón, Changmin no los podía escuchar.

 

Entonces ocurrió, el más alto giró su cabeza hacía él. Su mirada oscura lo rodeó por completo y Changmin abrió los ojos en demasía, sorprendido por ese inesperado sentimiento que lo recorrió de repente.

 

¿Qué pasaba?

 

Fue como un frío que lo abrazó por completo. Y cuando el más bajo giró también. Changmin solo pudo retroceder, asustado.

 

—¿Por qué ese niño nos puede ver?

—Por que es ese niño del que le hable a Boa, ¿tantos años han pasado que no lo recuerdas, Junho?

 

Una sonrisa apareció en el rostro del tal Junho, Changmin no podía entender lo que pasaba, ni de lo que hablaban. Sus pequeños ojos se concentraron en el hecho de que tenía seis años y solo quería huir.

 

—Vámonos de aquí.

 

Unas alas negras hicieron aparición, casi de la nada, proyectándose desde la espalda del que se hacía llamar Junho, rodeándolo no solo a él, sino al hombre de melena también. Dejando apenas el rastro de un viento que sacudió varios de sus cabellos, Changmin cayó al suelo.

 

Con sus manos temblando y sus ojos demasiado abierto. Asustado, temeroso de lo que acababa de presenciar.

 

—Changmin, ¿qué te pasa?

 

La voz de su maestra la escuchó, cerca de él, incluso sintió las manos de la mujer sostenerlo desde el suelo hasta cargarlo en brazos seguramente hasta la enfermería, pero él solo podía pensar en lo que acababa de presenciar y en que no podía hablar de ello.

 

Por que incluso hablar sobre eso, le provocaba terror.

 

 

 

 

Junsu suspiró por décima ocasión.

 

Apoyado en la banca de su salón, con la quijada sobre su mano derecha mirando directo hacia una de las bancas junto a la ventana del salón. Ahí donde habían varias chicas reunidas, riendo y conversando animadamente.

 

El onceavo suspiró llegó, cuando Jessica llevó un mechón de su cabello tras la oreja, dejando a la vista su aniñado rostro. Riendo ante las bromas de Yoona y por supuesto permitiendo que varias de sus amigas rieran también.

 

Como si tuviera un lugar privilegiado, Junsu la podía observar desde su lugar, sin que nadie se atravesara en su camino. Por más evidente que fuera. Y es que era tan bella, que Junsu se llenaba de una enorme ilusión con tan solo verla, y su pequeño corazón latía acelerado cuando podía saludarla en las mañanas.

 

Oh, Junsu estaba tan encandilado con aquella muchacha de cabellos oscuros.

 

—¿Y a este que le pasa?

 

Heechul, caminando junto a Yunho señaló a Junsu con la quijada, llevando en sus manos varias bolsitas con papas, pero Yunho solo levantó los hombros, exhalando resignado ante el enamoramiento de su hermano menor.

 

—Junsu y su extraño amor por Jessica.

—¿Otro más?— Heechul torció un poco los labios. —¿Por qué a todo el mundo le gusta Jessica? No me parece tan espectacular.

 

Yunho alzó un poco las manos, llevando una papa hasta su boca y comiendo con tranquilidad mientras se sentaban junto a Junsu.

 

—¿A ti no te gusta, Jessica?

—Pues no, ni siquiera he hablado con ella. Así que no, ¿y a ti Chul?

 

—No, tampoco. Tenemos doce, ¿quién se enamora a esta edad?

—Pues al parecer Junsu, y todo el séquito de admiradores de Jessica.

 

Heechul rió un poco, y recién entonces Junsu pareció salir de su ensoñación para poder girar hacía sus dos amigos, y poder quitarle un poco de comida a su hermano. Cuando Eunhyuk se sentó junto a Yunho con una botella con agua entre las manos, bufó por que le obstruía su vista hacía la muchacha.

 

—Deberías invitarla a almorzar en la hora del receso y ya.

 

Eunhyuk sonó muy seguro de sus palabras, logrando que incluso Yunho y Heechul asintieran, pero Junsu solo negó levemente.

 

—¡NO! ¿Cómo voy a invitarla de la nada? ¿Y si me rechaza por que ni me conoce? No, lo mejor es esperar un poco más.

 

Yunho desde su lugar rodó los ojos. Eso quería decir, que eran ellos como amigos, y él aún más como hermano, quienes tendrían que soportar los constantes halagos hacía la muchacha más popular del salón.

 

 

 

 

Seungho seguramente estaba ya en el trabajo.

 

Fue unos días después, cuando Yoohee atravesó la puerta de su hogar, con los resultados de las pruebas y los exámenes en las manos. El doctor había tratado de hablarle con tacto. Tomando su mano con fuerza e incluso tratando de darle fuerzas.

 

Pero cinco años no era tiempo suficiente.

 

Vivir una vida contra corriente no era algo justo, cerró la puerta sin mucha fuerza, con aquellos papeles entre las manos, con ese dolor en el pecho que difícilmente la dejaba respirar.

 

Estaba enferma, bajo tratamiento el doctor le pronosticaba cinco años de vida. Pero era tan poco tiempo. Sus hijos estaban pequeños, Yunho y Junsu apenas rondaban los doce, y Changmin, su Changmin apenas tenías seis años.

 

Ella no podía dejarlos, Seungho, su esposo, no quería abandonarlo. Cinco años no eran suficientes, y sin embargo era el tiempo que le habían dado. Era su límite de vida no absorto.

 

Las lágrimas volvieron a salir de sus ojos, con esa desesperación apoderándose de ella, soltando un grito desgarrador que emitió desde su garganta e hizo su llanto más amargo, más doloroso.

 

Sus hijos la necesitaban, su esposo la necesitaba. Ella no podía dejarlos.

 

Y aún así, el tiempo que le quedaba, ya no dependía de ella.

 

 

 

 

Exactamente cinco años después las alas de Jaejoong y Yoochun se agitaban con fuerza por el cielo, venciendo y dejando atrás a todos los que competían con ellos en las prueba de agilidad y velocidad.

 

Como si no fuera problema alguno, se deslizaban por los lugares más angostos e incluso daban vueltas varias veces cuando estaban a punto de alcanzar al suelo. Ver volar a Yoochun y Jaejoong era sencillamente algo majestuoso.

 

Algo que en muchos años no se había visto.

 

Jaejoong pensaba a veces, que de haber Yunho crecido junto a ellos, los tres serían imparables. Que el vuelo y sus alas serían la máxima admiración de todos los ángeles. Desde las estradas Akira y Alexander los veían con atención.

 

Ambos sabían de la intriga que despertaban en los ángeles mayores, pero aún así, ellos no atribuían a su talento a algo innato. Un secreto que había sido guardado por años y que ahora ya no importaba tanto, mientras pudieran volar de esa manera.

 

Casi ningún ángel, de los más poderosos podía igualarlos. Y eso que ellos eran aún demasiado jóvenes. Yoochun pensaba que ese poder que poseían podía ser incluso hasta peligroso.

 

Cuando finalmente sus pies tocaron el suelo, y los de Jaejoong unos segundos después. Ambos hicieron una venía. Y todos los ángeles a su alrededor se levantaron para poder aplaudirlos ante la demostración hecha.

 

Pronto, varios de sus compañeros de clases los rodearon para felicitarlos, pero igual que siempre, Jaejoong solo asintió, empezando a ignorar las felicitaciones y alejándose como si nada.

 

Así que otra vez, Yoochun se disculpó por el comportamiento de su amigo, y fue tras él.

 

—¡Jaejoong!— Logró alcanzarlo a unos pasos de las gradas, en la parte trasera donde nadie más los pudiera ver, agarrándolo por el brazo y haciéndolo girar. —¿Quieres dejar esa actitud de amargado al menos por hoy?

 

Jaejoong se soltó con un suspiró en los labios.

 

—No sé a que te refieres.

—No te gusta hablar con los demás, ni reunirte con nadie más. Luego de las clases solo vas a clases o a volar. Debes relacionarte con los otros.

 

—A mí lo único que me interesa es poder regresar a Yunho, o aunque sea verlo. Que tú lo hayas olvidado no es mi problema.

 

—¡No lo he olvidado!— La voz de Yoochun se levantó, repleta de indignación. –No te atrevas a decir eso. Que yo intente no preocupar a mis padres, siguiendo con mi vida, no quiere decir que haya dejado de intentar buscarlo.

 

—¿Oh, si? Pues no lo parece.

Yoochun arrugo el entrecejo, no conforme con esa irritación en las palabras de Jaejoong.

 

—Ya tenemos dieciséis años, Yoochun. ¡Ya han pasado más de diez años! ¿Cuánto tiempo más tiene que pasar para que lo pueda volver a ver? ¡No encuentro nada, nada que me permita llegar hasta él!

 

La voz de Jaejoong ya sonaba repleta de desesperación, y cuando Yoochun empezó a escuchar al resto acercarse, puesto que las pruebas habían terminado supo que no era el lugar para hablar de eso por ahora.

 

—Jaejoong escucha, veámonos en dos horas en el límite. Tengo que enseñarte algo.

—¿El qué?

—Hace dos días descubrí algo, veámonos allá y te lo enseño.

 

Jaejoong no parecía muy convencido, pero finalmente asintió, y pronto la gente volvió a rodearlos. A llenarlos de felicitaciones, a pesar de los rostros serios que ambos tenían.

 

 

 

 

Seungho nunca estuvo muy de acuerdo, con la idea de ocultarles a sus hijos la enfermedad de Yoohee, pero ella insistió, para no preocuparlos, para no angustiarlos antes de tiempo. Por que cuando todo empezó, eran unos niños apenas.

 

Ahora en cambio, Yunho y Junsu eran casi unos adultos, por que les faltaba apenas un año para graduarse, aunque Changmin cargara con sus casi once años encima, él si seguía siendo un niño.

 

Pero la razón principal recayó, cuando Changmin al parecer sufrió de un pequeño estado de shock durante una clase de gimnasia cuando tenía seis años. El menor nunca quiso hablar de lo ocurrido, y ahora más bien parecía ser que nada hubiera pasado.

 

La maestra había dicho que se encontraba mirando hacía la calle cuando de pronto cayó sentado en el suelo y no habló por un lapso de dos horas, hasta que finalmente decidió que nada había pasado. Changmin nunca habló de lo que vio. Y los psicólogos dieron a entender que el muchacho ya había superado esa etapa.

 

Yoohee en ese entonces decidió que la noticia de su enfermedad no podía darse a conocer, Seungho aceptó, por que incluso para él era difícil de aceptar aquella idea. Y aún más le era difícil no llorar cuando veía a su esposa con el pasar de los días cada vez más inestable.

 

Pero iba siendo hora de hablar con sus hijos, los cinco años de vida que le habían pronosticado a Yoohee ya habían llegado. Era el momento, así que esa mañana, cerca de las once, cuando llegó a su casa para llevar a Yoohee hacía su tratamiento, decidió que debía hablar con ella sobre eso.

 

Abrió la puerta con tranquilidad, dejando sobre le mueble sus pertenencias, buscando con la mirada a su esposa.

 

—Yoohee…

 

Y sin embargo, ella nunca le respondió. Así que un poco más acelerado, buscó entre las habitaciones de la planta baja. Y al no verla por ninguna parte, inevitablemente subió las escaleras lo más rápido que pudo.

 

—¡Yoohee!

 

La encontró en el suelo de su habitación, inconsciente, boca abajo, apenas con un poco de ropa entre las manos, seguramente en el proceso de arreglarla. Seungho le había pedido que ya se despreocupara por las cosas del hogar y sin embargo ella no lo entendía.

 

La sostuvo entre sus brazos con cuidado, verificando que respirara y su cuerpo aún guardara un poco de calidez, fue cuestión de segundos antes de que Seungho sacara el celular, y marcara velozmente a emergencias.

 

 

 

Junsu sentía sus piernas avanzar con velocidad.

 

Entre los pasillos de aquel hospital, a Junsu nunca le habían gustado los hospitales, pero justo en ese momento en lo único que podía pensar era en la secretaria diciéndoles que su padre había llamado, que se dirigieran hacía el hospital y fueran por Changmin.

 

Las personas entre los pasillos él apenas las esquivaba y corazón latía desbocado, como si de pronto los ojos empezaran a arderle indiscriminadamente y su mente le jugaba sucio por que a su mente solo venían las imágenes de su madre siendo dulce, amable, cuidando de él.

 

Lo único que podía recordar de esa mañana, es que se había despedido de Yoohee pidiéndole lasaña para el almuerzo, así que Junsu apretaba sus puños con fuerza, cerrando los ojos de vez en cuando, acelerando el paso, obligándose a no llorar.

 

Y a su lado venían Yunho y Changmin, casi a la misma velocidad, saltando entre las personas, avanzando lo más rápido que podían, con Changmin fuertemente agarrado a la mano de Yunho, como casi siempre se había vuelto una costumbre.
Como si el tiempo de pronto les jugara en contra.

 

Las palabras que flotaban en el aire, las que hacían falta, las que sobraban, todo se cernía sobre la cabeza de ellos, ante esa de pronta escases de abrazos y esa punzada en el pecho que se había vuelto inestable. Changmin apenas ajustó la mascarilla en su rostro. Con el permiso especial y debido para estar dentro del hospital.

 

—Niños…

 

La voz de su padre fue como un aliciente, Junsu se lanzó a sus brazos. Y Seungho le proporcionó un abrazo cálido a cada uno de ellos. Con el rostro en una expresión apagada y una sonrisa triste colgando de sus labios.

 

—Tienen que entrar y ver a mamá. Vamos a entrar, pero no podremos estar por mucho tiempo, así que procuremos no hacer mucho escándalo, ¿me entienden, verdad?

 

Junsu y Yunho asintieron, respirando profundo y tratando de calmar esas lágrimas que pugnaban por salir a costa de lo que fuera. La habitación estaba en silencio, con el sonido amortiguador de aquel pitido constante y de ese respirador, mientras Yoohee permanecía sobre la cama.

 

Yunho no se atrevió a acercarse a la cama, al contrario se quedó prácticamente pegado a la puerta apenas se hubiera cerrado. Cuando Seungho estiró una mano hacía él, Yunho solo se negó. Pegado a la puerta, asustado con la imagen de Yoohee tan demacrada de repente.

 

Junsu avanzó pequeños pasos. Pero el primero en acercarse fue Changmin, con su mirada triste, tocando apenas la mano de su madre, que no abría los ojos. Seungho mordió su labio inferior, cruzado de brazos.

 

—Mami… ¿qué te pasa? ¿Estas cansada?

 

Para ese momento Junsu ya no aguantó, giró dándole la espalda a la cama de su madre y tapó su rostro, soltando las lágrimas que habían estado atoradas en su pecho. Changmin podía no entenderlo, podía no notarlo, por que apenas estaba a punto de cumplir los once.

 

Pero Yunho y él habían pasado noches enteras tratando de averiguar por que su madre ahora tomaba tantas pastillas, por que de repente parecía perder peso y lucía más delicada que antes. Que no hayan querido afrontar el problema como tal era diferente.

 

Y Yunho sabía que esos dieciséis años encima casi no servían de nada, por sus piernas temblaron, hasta que finalmente pudo estar con Junsu y abrazarlo con fuerza. Tenía miedo de acercarse, pero no podía ver a Junsu llorar tan desconsoladamente.

 

—Mami, si estás cansada, te prometo que no voy a hacerte armar ninguna fiesta. No hay fiesta, solo veremos una película en la sala de estar. Esa que te gusta tanto… ¿cómo se llama papá?

 

Seungho respiró profundo, tratando de sonar calmado.

 

—Romeo y Julieta.

—¡Si! Esa, a ti te gusta mucho, despierta mami.— Changmin suspiró cuando su mamá ni siquiera dio atisbo de pretender abrir los ojos. —¿Tan enferma está?

 

Seungho se encontró con la mirada de Changmin tan confiada, que a veces dudaba de la edad que pudiera tener su hijo menor, como si él comprendiera las cosas con más facilidad que él mismo inclusive, se arrodilló a su lado y suspiró.

 

—Mami está muy enferma Changmin, pero ella los puede escuchar. Ella necesita muchas fuerzas ahora, y ustedes son su mayor incentivo.

—Pero… ¿ella se va a levantar, cierto? Nadie puede enfermar tanto tan pronto.

 

Y esa lógica lo hizo sentirse culpable. Solo abrazo un poco a Changmin, que seguía con los ojos muy abiertos, esperando respuestas que eran muy difíciles de complacer.

 

¿Cómo batallar contra la noticia de que apenas quedaban días o quizá hasta horas?

 

 

 

 

Jaejoong estuvo puntual.

 

Mirando aquellas nubes que se hacían tan lejanas, cruzado de brazos y con aquella expresión seria que en unos años se había vuelto algo común en él. Observaba tratando de encontrar la manera de superar esos espacios que lo separaban de la tierra.

 

Escuchó el aleteo algo suave, muy cerca de él. El aroma de Yoochun lo embriagó por un instante de lo cercano que había llegado.

 

—No pensé que llegarías primero.

—Me gusta la puntualidad, Yoochun.

 

A pesar de lo reticente que se había vuelto su conversación. Yoochun suspiró no muy conforme con lo arisco que se había vuelto Jaejoong con el pasar de los años, esperando que su pequeño avance le devolviera el brillo en los años, como cuando tenían doce y aprendieron a volar.

 

—¿Y bien?

—Tranquilo Jae, quiero que mires esto.

 

Yoochun tomó una de las pequeñas piedras que había, y la lanzó con cuidado lo más lejos y fuerte que pudo. Y como siempre pasaba, la piedra rebotó entre las nubes, sin poder traspasarla. Jaejoong arrugó el entrecejo.

 

—Exactamente, ¿qué quieres demostrar con esto?

—Ahora. Sígueme.

 

Jaejoong vio a Yoochun elevarse, con una pequeña sonrisa en los labios, por instinto. Jaejoong desplegó sus alas, decidido a seguirlo sin problemas, cuidadosos de que nadie los viera tan cerca de las nubes.

 

Cuando estuvieron sobre ella, con cuidado Yoochun quitó una de las plumas de sus alas, con un gesto de dolor, pero finalmente, solo se sacudió un poco y la dejó caer, la misma que atravesó a las nubes, generando un brillo similar al que Yunho hizo cuando cayó.

 

Los recuerdos volvieron, como si esos diez años jamás hubieran pasado. Ambos cayendo estrepitosamente, él quedándose mientras la última imagen de Yunho le quedaba grabada en la memoria. Sus brazos estirados hacía aquel ángel que no alcanzó a salvarlo.

 

Y Jaejoong tuvo que sacudir con fuerza la cabeza, fue como si incluso pudiera escuchar sus propios gritos y los de Yunho pidiéndole que agitara sus alas, para que se pudiera salvar. El toque de sus manos cuando los sostuvo para que no cayera.

 

Todo se revolvió en su mente, los recuerdos, las voces, el tacto… Y decidió respirar profundo. Mirando una vez más a Yoochun.

 

—No estoy entendiendo.

 

—Ya lo verás, se supone que nada del cielo puede caer, incluyendo los ángeles. Nada ni nadie debe atravesar el nivel de las nubes. O perderá su condición apenas las toque. Pero, ¿qué sucede cuando lo celestial atraviesa un lugar ya marcado?

 

Jaejoong afirmó su confusión, acrecentando el nivel de duda en sus ojos y arrugando un poco más el entrecejo.

 

—¿Estás queriendo decir que…?

 

—Hace unos días logré entrar el la biblioteca privada de Akira, cosas del trabajo de mi padre que me pidió que lo ayudara a buscar un documento. Ahí estaba el libro de reglas, el oficial, el real, el único.

 

Yoochun dejó caer una piedra, por el exacto lugar donde la pluma había dejado ese diminuto agujero, y contrario a la vez anterior, la piedra cayó sin problemas, atravesó el lugar directo hacia los humanos.

 

Los ojos de Jaejoong se abrieron en supremacía, mirando de nueva cuenta a Yoochun. Quien solo le sonrió levantando un poco los hombros.

 

—Solo digamos que no le resulté de mucha ayuda a mi padre, por que me la pasé leyendo cosas que no debería.

 

Jaejoong apretó sus puños, hasta el punto que sus mismas manos temblaron. Y el impulso que pugnó en sus venas fue abrazarlo con fuerza, hasta el punto de casi quedarse sin aire y ese abrazo que los hizo moverse varios metros lejos hizo que Yoochun suspirara aliviado.

 

Por que en el fondo Jaejoong, seguía lleno de esperanzas, seguía teniendo fe, y seguía siendo su amigo, con ese brillo en la mirada. El problema ahora, era encontrar el lugar por donde Yunho había caído.

 

Pero Jaejoong estaba ahí, siendo otra vez él mismo. Abrazado a su cuerpo, hundiendo el rostro en su cuello, respirando bocanadas de aire para no llorar.

 

 

 

 

Seungho había perdido la consciencia sobre el tiempo.

 

Sentado junto a la cama de su esposa, tomando su mano con fuerza. Velando su sueño, perdido en sus pensamientos, que justo en este momento estaban vacías, mirando esos labios resecos y el perfil semi demacrado.

 

Esos ojos que no se abrían, y esa respiración tan débil, que Seungho sufría cada que la veía demorar demasiado en inhalar otra vez. Estaba pendiente de cada movimiento, de cada respiración y él ni siquiera se había podido alimentar bien.

 

Otro suspiro abandonó sus labios. Y pegó su frente a esa mano suave que sostenía entre las suyas. Daría su vida por la de ella. Antes, cuando escuchaba esas líneas en las películas o en los libros, le parecía algo tan difícil de creer.

 

Pero justo ahora, era algo tan real.

 

Era un amor tan fuerte y consolidado. Eran sus hijos esperando y sufriendo por ella. Por esa verdad que él tenía que afrontar a la mañana siguiente para poder decírselos, aunque aún le resultara tan difícil de asimilar. Él lo haría, si tuviera la oportunidad, daría su vida por salvarla.

 

Esas pocas lágrimas salieron de sus ojos, resbalaron por su mejilla y finalmente mojaron el brazo de Yoohee… Solo en aquella habitación. Envuelto por su lamento y la tristeza que lo invadía.

 

—…Te amo tanto.

 

 

 

 

Rain miró la escena con algo de reticencia.

 

No terminaba de entender a Boa, un día le pedía que se alejara de ese muchacho nacido de un milagro, y unos años después le pedía que hiciera un contrato de vida con aquella familia extraña.

 

—Ve…

 

La voz de su hermana sonó cerca de su oído. Junho a su otro lado solo permanecía de brazos cruzados. Rain se acercó un paso. Mirando la escena en aquella solitaria habitación.

 

Supo que esos se habían ido, cuando pudo concentrarse en el sollozo de aquel hombre junto a la cama de la madre de Changmin. Suspiró tranquilo y se acercó a él, lo suficiente como para poder hablar cerca de su oído.

 

—¿En verdad quieres salvarla?

 

Inmediatamente Seungho saltó de su lugar, cayendo en el suelo, con los ojos abiertos. Rain incluso podía oír el latido apresurado de su corazón.

 

—¡¿Quién eres?!

 

Rain sonrió, caminando con parsimonia hacía la cama de Yoohee, tocando delicadamente ese rostro pálido.

 

—¿Qué harías por darle un poco más de vida?

—No sé de que habla… Serás mejor que salga, o llamaré a seguridad.

 

Seungho se levantaba y parecía molesto. Rain vio la rosa algo muerta en la mesa, lo suyo no era dar vida, a menos que tuviera un trasfondo que los beneficiara. La pequeña rosa que llevaba horas, ya algo pálida. La sostuvo entre sus manos.

 

—La vida de ella, por la tuya, ¿no es algo muy cursi?

 

Y la flor en su mano volvió a estar erguida, con su color envidiable. Altiva y hermosa. Seungho solo abrió los ojos, sorprendido. No necesitaba demasiadas explicaciones, no necesitaba de demasiadas palabras, y solo pudo retroceder un par de pasos.

 

—¿Qué eres?

—¿Eso importa ahora?

 

Rain se fue acercando a un Seungho que solo negaba suavemente.

 

—Puedo devolver la vitalidad en los ojos, la salud perfecta. Puedes tenerla junto a ti y tú familia otra vez.

—…¿Por qué yo?

 

Seungho no parecía muy seguro, más bien parecía muy a la defensiva, apoyado en la cama de su esposa, como cubriéndola de él. Rain volvió a sonreír.

 

—No te queda mucho tiempo para decidirte, Seungho. En realidad apenas unas horas.

 

Rain fingió que miraba hacía el reloj. Seungho se mordió los labios antes de preguntar el por qué sabía su nombre. Cerró los ojos con fuerza. ¿Por qué lo estaba ayudando? ¿Por qué a él?

 

Pero todas esas dudas morían apenas era facturadas, pensaba en el tiempo en contra, en que en verdad daría su vida por la de ella. Cuando abrió los ojos, Rain estaba ahí, con su expresión tranquila y esa diminuta sonrisa en los labios.

 

—¿Qué quieres a cambio?

 

Rain caminó un poco más hacía él, susurrando sus palabras con cuidado. Demasiado cerca de su rostro.

 

—La mitad de tu vida, por salvarla a ella.

 

Seungho arrugó el entrecejo.

 

—¿Cómo que la mitad de mi vida?

—Es decir, si ibas a vivir hasta los ochenta, vivirías solo hasta los cuarenta.

 

Y el aire no llegó hasta sus problemas regularmente. Eso era muy poco tiempo, y en caso de que en verdad hubiera tenido la oportunidad de vivir hasta los ochenta. Luego miró a Yoohee, postrada en esa cama, sin una sola expresión o movimiento más que esa suave respiración.

 

Regresó a mirar a Rain, él tenía ahora su mano estirada hacía él.

 

Apretó su puño con fuerza, sus hijos en casa seguramente dormían. Ver a Yoohee fue decisivo, cerró los ojos y finalmente suspiró, Seungho no bromeaba cuando decía que daría la vida por ella.

 

Por eso, aunque algo lento, finalmente tomó su mano, aquella mano de Rain que era algo fría y que de pronto logró hacerlo sentir escalofríos. Como si incluso estuviera perdiendo parte de su alma.

 

Era su gesto de amor, su gesto de amor hacía su familia.

 

Fin Capitulo Cinco

 

 

18 comentarios sobre “Entre el cielo y la tierra: capitulo 5

    Ruki-san escribió:
    16 diciembre, 2011 en 20:45

    >.< wuaaaaaaaaaaa!!! ya ha pasado mucho tiempoo y son joveness!!! *w* los angeles son guaposos!!!! belloss!!!

    awww o.o!!! lo de Rain me parecio un acto lindo peorr cruel!! T_T aunque no fue su voluntad
    wuaaa me da penitaa!! y si yo tmb quiero YUNJAEE!!! ♥_♥

    Y tmb mas del Rainmin"!"!"""

    gracias por la actu!!1

    Me gusta

    Vania Vadher escribió:
    26 diciembre, 2011 en 16:13

    Oh!!! Pero eso de la pluma y la piedra pues tarde en entender!! Hajaja
    Esta muy bueno!!!
    Me dejas en intriga!!!
    Y me imagino a mi jae!! Todo un angel y como dicen que los angeles son muy muy pero muy hermosos!! Pues a jae no le hace falta tanto jajaja
    Y bueno esperare con ansias la sig.. Actualizacion!! Nadamas no trdes mucho!! Jujujuju
    Saludos

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    misakichan6 escribió:
    6 enero, 2012 en 0:21

    jojo por fin podran ir por yunho *.* y eto… me pregunto que planea Boa ??o.o
    ya quiero ver al yoosu en acción junto al yunjae y las demas parejas *.*

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    minato-chan escribió:
    17 febrero, 2012 en 20:58

    awa nesly-sama yo se que usted esta super ocupada con sus otros fics que tan bien son bellos y geniales como este pero porfavor no podria subir el proximo cap!!! me muero en serio necesito saber que pasara cada vez se pone mejooor!!! porfavor nesly-sama!!!!

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